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martes, 29 de noviembre de 2011

AMOR.EXE


Cliente: -¿Hola? ¿Estoy hablando con el Departamento de Ayuda?

Empleado: -Así es. Buenos días, ¿en que puedo ayudarle?

-Estuve revisando mi equipo y encontré un sistema que se llama AMOR; pero no funciona. ¿Me puede ayudar con eso?

-Seguro que si. Pero yo no puedo instalarlo, tendrá que hacerlo usted mismo. Yo lo dirijo por teléfono, ¿le parece?

-Sí. Puedo intentarlo. No sé mucho de estas cosas, pero creo que estoy listo para instalarlo. ¿Por dónde empiezo?

-El primer paso es abrir CORAZÓN. ¿Ya lo encontró?

-SÍ, pero hay varios programas ejecutándose en este momento. ¿No hay problema para instalar al mismo tiempo?

-¿Cuáles son esos programas?

---Déjenme ver--- Tengo DOLOR-PASADO.EXE, BAJAESTIMA.EXE y RESEINTIMIENTO.COM ejecutándose en este momento.

-No hay problema. AMOR borrará automáticamente a DOLOR-PASADO.EXE de su sistema operativo actual. Puede que quede grabado en su memoria permanente, pero no afectará otros programas. AMOR eventualmente reemplazará al programa BAJA-ESTIMA.EXE con un módulo propietario del sistema llamado ALTAESTIMA.EXE. Sin embargo, tiene que eliminar completamente a RESENTIMIENTO.COM. Este programa evita que AMOR se instale adecuadamente. ¿Lo puede eliminar?

-No sé cómo.

-Vaya al menú INICIO y seleccione PERDÓN.EXE. Ejecútelo tantas veces como sea necesario, hasta que RESENTIMIENTO.COM haya sido borrado completamente.

-Listo. AMOR ha empezado a instalarse automáticamente. ¿Es normal?

-Si. En breve recibirá un mensaje que dice que AMOR se mantendrá activo mientras CORAZÓN esté vigente. ¿Puede ver ese mensaje?

-Sí lo veo. ¿Ya terminó la instalación?

-Si, pero recuerde que sólo tiene el programa base. Necesita conectarse con otros CORAZONES para recibir actualizaciones.

-Oh, oh... Apareció un mensaje de error. ¿Qué hago?

-¿Qué dice el mensaje?

-Error 412. Programa no activo en componentes internos. ¿Que si  significa eso?

-No se preocupe, es un problema común. Significa que AMOR está configurado para ejecutarse en CORAZONES externos, pero no ha sido ejecutado en su propio CORAZÓN. Es una de esas cosas técnicas de la programación; en términos sencillos significa que tiene que amar su propio equipo antes de poder amar a otros.

-Entonces, ¿qué hago?

-¿Puede localizar el directorio llamado Auto aceptación?

-Sí, aquí lo tengo.

-Excelente, aprende rápido.

-Gracias.

-De nada. Haga click en los siguientes archivos para copiarlos al directorio Mi CORAZÓN: AUTOPERDÓN.DOC, AUTOESTIMA.TXT, VALOR.INF y REALIZACIÓN.HTM. El sistema reemplazará cualquier archivo que haga conflicto y reparará cualquier programa dañado. Asegúrese de eliminar BAJA-ESTIMA.EXE y RESENTIMIENTO.COM de todos los directorios, y después borre todos los archivos temporales y la papelera de reciclaje, para que nunca más se activen.

-Entendido. ¡Hey! MI CORAZÓN se está llenando con unos archivos muy bonitos. SONRISA.MPG se despliega en mi monitor e indica que CALOR.COM, PAZ.EXE y FELICIDAD.COM se están replicando...

-Eso indica que AMOR está instalado y ejecutándose. Ya lo puede manejar. Una cosa más antes de irme...

-¿Sí?

-AMOR es un software sin costo. Asegúrese de darlo, junto con sus diferentes módulos, a todas las personas que conozca y quiera. Ellas, a su vez, lo compartirán con otras, y le regresarán unos módulos agradables.

-Eso haré, gracias por la ayuda.


Jaime Lopera G.

El Verdadero tesoro


Jenny, la niña alegre y de dorados rizos estaba a punto de cumplir cinco años. Mientras esperaba a que su madre pagara en la caja del supermercado descubrió un collar de perlas blancas y relucientes en una caja rosada de metal y le rogó:  


—¡Mamá! ¿Me las compras? ¡Por favor...! Rápidamente la madre echó un vistazo al reverso de la cajita. Luego, miró a la nena que le imploraba con sus ojitos azules y la cabeza vuelta hacia arriba y le dijo:

 —Cuatro mil quinientos pesos. Son casi cinco mil pesos... Si quieres el collar, tendrás que ayudar más en casa. Así ahorrarás suficiente dinero para comprarlo. Tu cumpleaños será en una semana y puede que tu abuela te dé un billete de dos mil pesos.

 Tan pronto como la niña llegó a casa, vació su alcancía y contó las monedas: cuatrocientos setenta pesos. Después de la cena ayudó más de lo habitual. Luego fue a ver a su vecina, la señora Rodríguez, y se ofreció a arrancarle las malas hierbas del jardín por doscientos pesos. 

Y el día de su cumpleaños la abuela le dio dos mil pesos. Por fin tenía suficiente dinero para comprar el collar. A Jenny le encantaban las perlas. Se sentía elegante y como una niña grande. Se las ponía para ir a todas partes: a la iglesia, al jardín de infancia... No se desprendía de ellas ni para dormir. Sólo se las quitaba para nadar o para darse un baño de burbujas porque su madre le dijo que si se mojaba el collar se pelarían las perlas. 

El papá de Jenny era muy cariñoso. Cada noche, cuando ella tenía que irse a la cama él dejaba lo que estuviera haciendo y subía al cuarto de ella a leerle un cuento. Una noche, al terminar de leerle, le preguntó:  

—¿Me quieres?

 —Claro, papá. Tú sabes que te quiero. 

—Entonces, dame las perlas. 

—Ay, papá. Las perlas, no. Pero te puedo dar a la Princesa, la yegua blanca de mi colección de caballitos. La que tiene la cola de color rosa. ¿Te acuerdas, papá? La que me regalaste. Es mi favorita. 

—Está bien, mi cielo. Papá te quiere. Buenas noches. —Tras decir estas palabras, el papá se despidió dándole un breve beso en la mejilla. Pasó cerca de una semana. Después de contarle un cuento, el papá de Jenny volvió a preguntarle: 

—¿Me quieres?

 —Sí, papá. Tú sabes que te quiero.

 —Entonces, dame las perlas. 

—Ay, papá. Las perlas, no. Pero te puedo dar mi muñeca, la nueva, la que me regalaron en mi cumpleaños. Es preciosa, y también te daré la frazada amarilla que hace juego con su camita.

 —Está bien. Que sueñes con los angelitos. Papá te quiere. Y, como siempre, le dio un tierno beso en la mejilla. 

Unas cuantas noches más tarde, el papá, al llegar a casa, vio a Jenny sentada en la cama con las piernas cruzadas, al estilo indio. Al acercarse, notó que le temblaba el mentón y una lágrima silenciosa le rodaba por la mejilla.

 —¿Qué te pasa, hija, qué tienes?

Jenny no dijo nada, pero levantó su diminuta mano en dirección a su padre. Cuando la abrió, allí estaba el pequeño collar de perlas. Le temblaron un poco los labios mientras, por fin, decía: 

—Toma, papá. Te lo doy. 

El amable papá, con los ojos llenos de lágrimas, alargó una mano para tomar el collar de baratija, se metió la otra en el bolsillo y, extrayendo un estuche de terciopelo azul que contenía un collar de perlas auténticas, se lo entregó a Jenny.

 Lo tenía desde el principio. Sólo esperaba a que ella le entregara el de bisutería para cambiárselo por uno verdadero. 

¿Van siempre juntos el amor y la confianza?


Jaime Lopera G.

EL ELEFANTE ENCADENADO


Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales.

También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y

hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que  aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza,podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía en la sabiduría de los grandes. 

Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. 

Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.


Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...




Jorge Bucay 

Sin percepción correcta no hay juicio correcto




Un jinete vio que un escorpión venenoso se introducía por la garganta de un hombre que dormía tumbado en el camino. El jinete bajó de su caballo, despertó a latigazos al hombre dormido a la vez que le obligaba a comer unos excrementos que había en el suelo. Mientras, el hombre chillaba de dolor y asco: 




— ¿Por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo? 

El jinete sin responder continuaba azotándolo y obligándole a comer los excrementos. 

Instantes después, aquel hombre vomitó arrojando el contenido del estómago con el escorpión incluido. Comprendiendo lo ocurrido, agradeció al jinete el haberle salvado la vida, y después de besarle la mano insistió en entregarle una humilde sortija como muestra de gratitud. Al despedirse le preguntó: 

—Dime ¿por qué no me despertaste? ¿Por qué razón tuviste que usar el látigo? 

—Había que actuar rápidamente. —respondió el jinete— Si sólo te hubiera despertado, no me habrías creído, te habrías paralizado con el miedo o habrías escapado. Además, de modo alguno hubieses comido los excrementos, y el dolor de los azotes provocaba que te convulsionases, evitando que el escorpión te picara. Dicho lo cual, partió al galope hacia su destino. 



No lejos de allí, dos hombres de una aldea vecina habían sido testigos del episodio. Cuando regresaron junto a los suyos, narraron lo siguiente: — Amigos, hemos sido testigos de unos hechos desagradables que revelan la maldad de algunos hombres. Un pobre labrador dormía plácidamente la siesta, cuando un orgulloso jinete entendió que obstaculizaba su paso. Se bajó de su caballo y con el látigo comenzó a azotarlo por tan mínima falta. No contento con eso, le obligó a comer excrementos hasta vomitar, le exigió que le besara la mano y además le robó una sortija. Pero no os preocupéis, a la vuelta de un recodo hemos esperado al arrogante jinete y le hemos propinado una buena paliza por su deplorable acción.



Si pensamos en esta historia diremos: Cada uno tenía su punto de vista. ¡Cierto! Pero ¿qué diría cada uno de los protagonistas si pudiésemos preguntarles? Ninguno diría: “Es mi creencia que las cosas sucedieron de este modo”. Dirían: ¡La verdad es…! o ¡las cosas fueron así!


¡Eso es lo que todos hacemos a cada momento!


SEMBRAR EL FUTURO





En un oasis escondido en los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba de rodillas el viejo Eliahu, al costado de algunas palmas datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena. 



-¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo. 

-Y contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea. 

-¿Qué haces aquí, con esta temperatura, trabajando con esa pala? 

-Siembro -contestó el viejo. 

-¿Qué siembras aquí Eliahu? 

-Dátiles -respondió el viejo señalando el palmar. 


-¡Dátiles! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez-. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa. 

-No, debo terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos. 

-Dime, amigo, ¿cuántos años tienes? 

-No sé: sesenta, setenta, ochenta, no sé... lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa? 

-Mira, amigo, las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y sólo entonces están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los cien años, pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo. 

-Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probarlos. Siembro hoy para que otros puedan comer dátiles mañana. Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea. 

-Me has dado una gran lección, Eliahu; déjame que te pague esta enseñanza -dijo Hakim, poniendo en la mano del viejo una bolsa de cuero llena de monedas. 

-Te lo agradezco. Ya ves, a veces pasa esto: tu me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y, sin embargo, mira: todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo. 

-Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy, y es quizás más importante que la primera. Déjame, pues, que pague también esta lección con una bolsa de monedas. 

-Y a veces pasa esto -siguió el anciano, extendiendo la mano para mirar las dos bolsas-: sembré para no cosechar, y antes de terminar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces. 

-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas no me alcanzará toda mi fortuna para pagarte. 

Esperamos resultados inmediatos, queremos todo ya. Decimos que no estamos inmersos en la sociedad de consumo, pero maldecimos los escasos segundos que este mensaje tarda en llegar, o los que demora el semáforo en cambiar de color.

UN RELATO SOBRE AMOR



Se trata de dos hermosos jóvenes que se pusieron de novios cuando ella tenía trece y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado al lado de una montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había aprendido a ser leñador desde la infancia. Ella era rubia, de pelo muy largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los ojos celestes, hermosos y maravillosos..

La historia cuenta que habían noviado con la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para ayudar a que ambos se casaran.

Les regalaron una cabaña, con una parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación.

Y vivieron allí durante todos los días de un invierno, un verano, una primavera y un otoño, disfrutando mucho de estar juntos. Cuando el día del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo para demostrarle a él su profundo amor. Pensó hacerle un regalo que significara esto. Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un pulóver tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido pulóveres en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo...
Decidió bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar por las calles. Sin embargo, por mucho que caminara no encontraba nada que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que, semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras pensando que se acercaba la fecha del aniversario.

Al pasar por una joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir. Desde chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda, se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche. 

Ella pensó: "Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel reloj." Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no podía esperar tanto. Salió del pueblo un poco triste, pensando qué hacer para conseguir el dinero necesario para esto. Entonces pensó en trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que, al pasar por la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: "Se compra pelo natural". Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.

El dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No dudó. Le dijo a la peluquera:
- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?
- Seguro - fue la respuesta.
- Entonces en tres días estaré aquí.

Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa. No dijo nada. El día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo. Se hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando llegó a su casa, cocinó y esperó que se hiciera la tarde, momento en que él solía regresar. A diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba, esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después para explicárselo.

Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él había comprado... vendiendo el reloj de oro del abuelo. Si ustedes creen que el amor es sacrificio, por favor, no se olviden de esta historia. El amor no está en nosotros para sacrificarse por el otro, sino para disfrutar de su existencia.


Jorge Bucay

¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERES?


Imagínate que, caminando por la playa, tropiezas con algo. Te agachas a recogerlo y te das cuenta de que es la lámpara de Aladino, e inmediatamente la empiezas a frotar. Un genio salta y te dice: "Ya te he dado todo el dinero y todo el poder del mundo, te concederé un deseo más, ¿qué quieres?" Piénsalo, ¿qué quieres realmente?  Quiero que seas claro sobre lo que quieres. Todo el mundo sabe lo que no quiere. Todos piensan para sí  mismos: "Espero que mis hijos no usen drogas, realmente espero que no me enferme, realmente espero no perder mi trabajo..." Sin embargo, ¿qué es lo que creamos? ¡Todas aquellas cosas que no queremos! Nuestros hijos empiezan a usar drogas, nos enfermamos y perdemos nuestros trabajos. Somos maestros creadores y estamos creando todo, todo el tiempo, pero usualmente desde un nivel subconsciente. Estamos creando desde nuestras creencias de limitación y negatividad.



La Segunda Oportunidad

Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, grandes fincas, un gran hato, muchos empleados y un único hijo, su heredero. Lo que más le gustaba al hijo era hacer fiestas, estar con sus amigos y ser adulado por ellos. Su padre siempre le advertía que sus amigos sólo estarían a su lado mientras él tuviese algo que ofrecerles; después, le abandonarían. 

Un día el viejo padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito que decía: -Para que nunca desprecies las palabras de tu padre. 

Más tarde, llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo: -Hijo mío, ya estoy viejo y cuando yo me vaya tú te encargarás de todo lo que es mío... Pero desgraciadamente yo sé cual será tu futuro: vas a dejar la finca en manos de los empleados y vas a gastar todo el dinero con tus amigos. Venderás todos los bienes para gastarlos y, cuando no tengas más nada, tus amigos se apartarán de ti. 

Sólo entonces te arrepentirás amargamente por no haberme escuchado. Fue por esto que construí esta horca. ¡Ella es para ti! Sólo quiero que me prometas que, si sucede lo dicho, te ahorcarás en ella. El joven se rio, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo haría pensando en que eso jamás sucedería. El tiempo pasó, el padre murió y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad. 

Estaba arruinado. Desesperado y afligido, comenzó a re-flexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir: -Ah, padre mío... Si yo hubiese escuchado tus consejos... Pero ahora es demasiado tarde.

Apesadumbrado, el joven levantó la vista y vio el establo. Con pasos lentos, se dirigió hasta allá, vio la horca y la placa llenas de polvo y entonces pensó: -Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuándo estaba vivo, pero al menos esta vez voy a cumplir la promesa que le hice. Ya no me queda nada más que perder sino la vida. Entonces, subió los escalones, se puso la cuerda en el cuello y pensó: -Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad... Respiró profundo, cerró los ojos y entonces se tiró desde lo alto de los escalones hasta que sintió que la cuerda apretaba su garganta... ¡Era el fin! Sin embargo, el brazo de la horca era hueco y se quebró fácilmente, desplomándose al piso el muchacho. Sobre él cayeron billetes, esmeraldas, perlas, rubíes, zafiros y brillantes, muchos brillantes... La horca era hueca y estaba llena de piedras preciosas. Entre todo aquel tesoro que cayó, el joven heredero encontró una nota. En ella estaba escrito: 

-"Esta es tu segunda oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre".

 ¿Hemos tenido una segunda oportunidad y la hemos aprovechado? 
¿Por qué se nos dificulta tanto seguir los consejos de nuestros mayores?
 ¿A veces se cumple el aforismo de que -lo que nada nos cuesta, volvámoslo fiesta?


autor: Jaime Lopera G.


EL JUICIO



Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de asesinato. El culpable era una persona muy influyente del reino, y por eso desde el primer momento se procuró hallar un chivo expiatorio para encubrirlo.

El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tendría escasas oportunidades de escapar a la horca. El juez, aunque también estaba confabulado, se cuidó de mantener todas las apariencias de un juicio justo. Por eso le dijo al acusado: "Conociendo tu fama de hombre justo, voy a dejar tu suerte en manos de Dios: escribiré en dos papeles separados las palabras 'culpable' e 'inocente'. Tú escogerás, y será la Providencia la que decida tu destino".

Por supuesto, el perverso funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: "Culpable". La víctima aun sin conocer los detalles, se dio cuenta de que el sistema era una trampa. Cuando el juez lo conminó a tomar uno de los papeles, el hombre respiró profundamente y permaneció en silencio unos segundos con los ojos cerrados. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una sonrisa, tomó uno de los papeles, se lo metió a la boca y lo engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon.

-Pero, ¿qué ha hecho? ¿Ahora cómo diablos vamos a saber el veredicto?

-Es muy sencillo -replicó el hombre-. Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué.

Con refunfuños y una bronca muy mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.

"Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida, ni de luchar hasta el último momento. En momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento".
Albert Einstein



Jaime Lopera G.

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